Historia de un difunto y su nariz

 Toda su vida había sido un guerrero, un luchador. Empezó a trabajar a los trece años y se casó a los diecinueve. Fue padre cinco meses después y finalmente tuvo siete hijos y hasta el presente ya van once nietos y uno en camino. 
 No, no, no era del Opus. Sebastián no era creyente, a pesar de que su mejor amigo era el cura del pueblo, con el cual jugaba al dominó en la cantina, tres ves por semana.
 Sebastián decía que Dios era su mujer y que todo lo demás... pamplinas. Decía que era Conchita, la que sabía hacer milagros. El muy sinvergüenza siempre decía:
—Conchita si que sabe "levantar un muerto" y también multiplicar peces, pan y potajes.

Sebastián era de esos cascarrabias «de risa». Cuando no le conoces da miedo y después ves que es una esponja de sentimientos, bromeando con estilo y además un experto silbador con un repertorio más largo que los "40 Principales"

Javier, el cura, llevaba cinco domingos, llorando cuando la misa. Pedía que los feligreses oraran por su amigo y se emocionaba. Y es que Sebastián cayó enfermo y se moría. Sebastián, aún lúcido, le dijo al cura en una de sus visitas que se dejara de mierdas oratorias que Dios no les haría ni puto caso. Decia:
—Javier, el médico coño, el médico, ese es el que me tiene que ayudar. Rézale todos los padrenuestros que quieras a ver si acierta con las "midisinas"...

Pero las midisinas, no fueron suficiente y finalmente Sebastián empeoró tanto que Javier le dio la extremaunción. Las últimas palabras, entrecortadas y dificultosas de Sebastián, fueron para los presentes en su lecho de muerte (su mujer, tres hijos y ni un puto nieto):

Os prometo que si hay algo, allí, os lo haré saber y si no hay nada también, para que mandéis a este cuentista (el cura) a tomar "pol saco"
Intentó esbozar una sonrisa, pero se quedó rígido como un bacalao. 

El Javier, lleno de emoción, empezó a sacudir el chisme del agua bendita, salpicando toda la cama, hasta que accidentalmente, con la emoción y los nervios, salió volando para ir a golpear la nariz del pobre difunto.
 
Nadie se quejó. Sebastián, tampoco. 
D.E.P.

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