Una flor me basta

 La muerte nos iguala a todos.

Una de esas frases hechas que no obstante habría que matizar. 
Efectivamente, todos tenemos un final exactamente idéntico: Parada cardio-respiratoria; cese de la actividad cerebral. 
En este sentido, es cierto que el momento final, al que llamamos muerte, nos iguala a todos. Pero también sabemos que el proceso hasta llegar a ese momento final es diferente para cada persona y puede llegar a ser de enorme sufrimiento o, por el contrario, puede llegar a ser bastante plácido. Son muchos los factores que determinan como puede llegar a ser ese momento. Por eso, incluso hay quien afirma que la muerte es un proceso que dura toda la vida y sabemos que no hay vidas iguales, pero yo me atrevo a decir que el punto final, es igual para todos. Desconectamos irreversiblemente de la vida. 

Pero si aceptamos que la muerte es igual para todos, creo sinceramente que estas alturas de la civilización, hay muchas cosas que sobran alrededor del hecho de morir. Y la que más sobrante me parece es todo ese negocio alrededor del enterramiento y los funerales. Negocio que nace a partir de unas necesidades más provenientes de lo cultural, de lo supersticioso, de lo religioso y de las tradiciones malentendidas. 

Detalle cementerio de Girona - © R. Pardo
Venimos enterrando a los muertos desde los albores de la humanidad. Esto es un hecho que incluso nos define como especie y nos separa del resto de los animales llamados «irracionales» Y es curioso observar como la costumbre de enterrar ha ido dibujando sus formas sobre el lienzo de las creencias y las costumbres de los pueblos. Desde guardarlos en el subsuelo de las casas, momificarlos, dejarlos a merced de las aves de rapiña, quemarlos, etc. etc.
Fuera el método acostumbrado que fuese, creo que debemos reconocer que la inmensa mayoría de las veces han sido formas dignas. Muchas, organizadas no solo por la familia, sino por comunidades más amplias que sin caer en opulencias innecesarias, han contribuido en despedir al finado. Y este espíritu igualitario que conforma el hecho de morir, debería ser también más igualitario en nuestra sociedad avanzada, supuestamente democrática y de bienestar. 
Ahora es cuando los que no pueden vivir sin poner etiquetas políticas a todo, me llamarán comunista. Nada más lejos de la verdad. Pero cuando ves a personas que literalmente no tienen donde caerse muertos y en el otro extremo, ves la asquerosa ostentación, profusión y riqueza de los funerales recientes de una reina (y es solo un ejemplo), te das cuenta de que no hemos evolucionado nada de nada. Seguimos igual que el estúpido fausto aplicado a un reyezuelo salvaje de las antiguas tribus de donde sea. 

Conozco una familia de este pueblo en el que vivo que tuvo que enterrar a dos familiares en el plazo de 17 días. Una familia que tuvo enormes dificultades para poder pagar los servicios funerarios. Y aún sufren las consecuencias. Nada me parece más retrógrado, para el mundo en que vivimos, que esos negocios alrededor de la muerte. No puedo callar la tristeza que me produce ver los cementerios actuales que tienen la estética de los «archivadores de oficina» todos ordenados en muros y además con gran profusión de unas etiquetas sobre las lápidas, generalmente de colores chillones que rezan ese texto acusativo a 20 cm. de lo que fueron los pies del difunto: MOROSO

Para mí, es indudable que este modelo es algo que hay que cambiar cuanto antes. Los entierros no deberían ser reflejo de clases, porque en el momento en que dejamos este mundo todos deberíamos tener derecho a tener una dignidad suficiente. Y por supuesto debería ser un servicio social a cargo del estado, como última prestación de la Sanidad. Y suficiente, es un valor que todos podemos entender. Ni de más, ni de menos. 

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