Los tres espíritus


 

Todo apuntaba a que eran tres espíritus del bosque que se materializaron en un grupo de árboles a medio camino de lo alto de la loma. Había otros, pero no eran mágicos como estos tres. Los lugareños aseguraban que en las tardes ventosas, se podían ver el follaje y las ramas balanceándose mecidas por fuertes ráfagas que en ocasiones ocasionaban roturas que quedaban esparcidas por el bajo bosque. Y aseguraban que las ramas y las hojas de estos tres, a pesar de la ventada, permanecían en una quietud que hacia estremecer a cualquiera. Kimura, para sus adentros pensaba —demasiado shake—

Preguntaron al monje, cómo era posible, qué magia era aquella. 
El monje se despojó de su capa raída y sucia y se abrazó a uno de los árboles y permaneció con su oído pegado a la corteza. Pasaron más de diez largos minutos hasta que el viejo se movió. 
La intriga de los que le acompañaban se transformó en frustración cuando, vistiéndose de nuevo aquella capa raída y sucia simplemente dijo:

—No pasa nada; los muertos nunca mueven ni una pestaña. 

La expresión de asombro entre los presentes, recordaba a las de los actores del teatro Kabuki y se incrementó aún más, cuando aquel viejo chamán les propuso una explicación extendida,  a la puesta del sol, en la aldea. Eso si; siempre y cuando organizaran una buena cena en la que no debía faltar su shake favorito. 

Kimura era el único soltero del pequeño poblado. Un joven despierto e inteligente que desconfiaba del monje, del cual tenía el total convencimiento de que era un sinvergüenza que trataba de vivir a costa de los crédulos. Nunca había conseguido una curación destacable y sus rogatorias para la lluvia, jamás ofrecían un resultado satisfactorio. Eso si; cada mañana en la puerta de su choza, no faltaba el cesto donde se esperaba que aquellas buenas gentes depositaran limosnas apetecibles. 

Cuando Kimura se presentó en la reunión, sudoroso y con el hacha en la mano, todos volvieron a mostrar aquellas caras de asombro como máscaras de teatro

—Tenías razón, monje. Los muertos no mueven ni las pestañas. Por eso, ya que estaban muertos, los he cortado. Ya no hay magia. No he visto espíritu alguno y en cambio he visto un buen montón de leña para calentar las chozas de los ancianos. Hoy no habrá shake en tu barriga. Quizás mañana, si nos ayudas a cortar la leña.—
Nika, la única soltera de la aldea, a pesar de su timidez, no puso reprimir unas risitas nerviosas.

El monje, muy inquieto y con cara de susto solo atinó a decir:
—Pero las hojas no se movían...
—Ahora tampoco—replicó Kimura.

Fotografía de Jim Ferreira 
En @olfrankland tumblr

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