Gustavo

 Llegará el día en que ya no será posible declamar aquello de que volverán las oscuras golondrinas.
No tengo muy seguro el conocimiento de como eran las primaveras y los inicios del verano en la época de G.A.Becquer (1836-70). Si pienso en lo poco que vivió el poeta podría pensar que no eran vientos favorables los que soplaban en aquella Madrid de sus romanticismos. Y aún así, el instinto me dice que ahora es mucho peor.
Si pudiera le diría, (bueno; puedo pero no me oye) mirándole a los ojos:


—Gustavo. Yo te diría que no te que quejaras. A la edad en que tu moriste, yo aún era un imbécil inmaduro que se creía el rey del mambo. Tan inmaduro que ni siquiera me lo planteaba. Fueron necesarios acontecimientos dolorosos y media docena de años más para cambiar la cara de la tortilla que se cocinaba dentro de mi.
Viviste intensa y apasionadamente y tuviste tiempo de darle a la humanidad poesía y dos hijos. Ni te podrías imaginar lo caro que está eso en estos tiempos de mi transcurrir. 
Cada vez que escucho o leo tu promesa de que volverán las tupidas madreselvas y tu advertencia de que aquellas cuajadas de rocío no volverán, me estremezco. 
¿Sabes Gustavo? Es que ya no hay primavera. Está desapareciendo como desaparece también el hielo de los polos. La verdor de los campos donde cuaja el rocío, ahora dura menos que el rosario de las viudas en la tarde de verano. Un verano que llega apresurado, sudoroso, enfermo, seco. 
No te quejes Gustavo. Viviste un tiempo en que los vientos del Moncayo, aliviaban en cierta medida las molestias de tu tuberculosis.  Ahora, el viento está sucio y ya no remedia nada. Ni él mismo tiene remedio—  

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