An'ya y un día de mal humor.

 
La nube más negra acaba
precipitando conocimiento
.
—Y ahora ¿Qué demonios te pasa? ¿Acaso tengo que explicarte lo enfajado e incómodo que se puede llegar a estar dentro de tu mente, cuando estás sumido en ese extraño ánimo que abarca desde el enfado a la tristeza y desde la apatía a la rebelión?
No puedo adivinar qué detonante de los múltiples a los que eres sensible, pueda ser el causante de este desarreglo mental. Me provocas una sensación claustrofóbica y una angustia parecida a la que se pueda sentir cuando te inmovilizan mediante una camisa de fuerza. Y me tengo que defender. Para no resultar dañado se impone una relajación absoluta, total silencio y quietud. Solo de ese modo puedo dejar a un lado el sentirme enfajado, enjaulado y apretado por tus malas vibraciones. Justo cuando deberías poder escuchar mis consejos y sugerencias, me obligas a callar. 

—No lo sé, maldita sea! Solo me faltabas tú, con tu cháchara insoportable. No puedo con ese complejo tuyo de gurú  sabelotodo. No vives en el mundo; vives en mi mente. No es lo mismo. Lo quieres todo redondo y bien acabado y no puede ser. Soy un ser humano que se asusta, que teme, que odia, desea. Un tipo corriente que se equivoca, que mete la pata, que insiste, que se ilusiona y desilusiona. Y oye, mira... Ahora que te quejas, que dices que te sientes incómodo en mi mente, me pregunto qué será de ti el día que mi cerebro se apague. ¿Con quien hablarás? ¿A quién sermonearás?

An'ya alargó un silencio reflexivo, más de lo acostumbrado. Era evidente que estaba tratando de elaborar una respuesta ante el reto de las dos preguntas y que estaba exprimiendo todo su saber antes de contestar, pero mi hartazgo hizo que siguiera enfrentándome.  

—Qué! Parece que te has quedado mudo. Se te da muy bien el palique cuando te desparramas en cuestiones indemostrables. Eres el rey de las parábolas y manejas la palabra con una gran perfección. Que si Dios, que si eternidad, que si reencarnación y karma. En realidad, un sinfín de cuentos que tratan de aliviar la dureza del existir, a base de esperanzas que posiblemente fueran creíbles en otros tiempos de abundante ignorancia, pero que hoy ya no sirven. 

—No estás en el mejor punto de equilibrio para escuchar respuestas, pero si me callo entenderás que no sé que contestar y no es cierto. Me preguntas que será de mi cuando mueras y no hay respuesta más fácil: No tengo ni la más mínima idea. Es decir, tengo la valentía de afirmar que no lo sé. Y al mismo tiempo, también tengo la valentía de afirmar que tampoco tú, tienes ni la más remota idea. Creo que ambos sabemos que nuestras ideas, inquietudes, preguntas y respuestas no son otra cosa que el resultado de una actividad neuronal. En esa actividad entran en juego conceptos heredados de otros cerebros a lo que llamamos cultura, sumados a otros conceptos, nunca mejor llamados así, porque son concebidos, esta vez por nosotros mismos y fruto de las experiencias vitales y comparaciones. ¿No te has preguntado nunca en qué creerías si nadie te hubiera enseñado nada sobre aquello en lo que crees?
Pues bien, si nuestras ideas se elaboran en nuestra mente, lo que entiendes por "tu" y lo que entiendes por "yo" son solo una construcción mental y si no hay mente, no hay construcción. Así pues mi respuesta es la que te he manifestado: no lo sé y hasta donde la ciencia nos dice,  cuando se apaga el cerebro, tan imposible es que yo tenga con quien hablar y sermonear, como lo es que tu puedas ser interpelado y sermoneado.

—Entonces, ¿me estás diciendo que la muerte es la desaparición más absoluta y definitiva?

—Preguntas porque en realidad temes una respuesta afirmativa. Pero no esperes esa respuesta de mi. Te la he dicho: no lo sé. Y tan ignorante y soberbio es aquel que niega como el que afirma cuando responde. De nuevo y como te dije hace un tiempo: Toda esta inquietud,  es solo el poso que deja el miedo y el desespero. Si de niño te hubieran enseñado a afrontar lo que es la muerte, sin adornos esperanzadores, cielos, paraísos y otras edulcoraciones, ahora en vez de estar tan agrio y enfadado, estarías gozando el momento de vivir. y posiblemente tu vida sería una hermosa obra de arte. 

Decidí dormir y esperar que en el siguiente día, el mal humor se hubiera disipado. Sinceramente creo que esa nube negra, en el momento adecuado, precipitó una favorable lluvia de conocimiento. 

 




5 Comentarios

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  1. Si es que no hay nada peor que despertarte a la noche y empezar a dar vueltas a algo. Resulta que se reflexiona con muchísima claridad, pero como no tomes nota, al día siguiente ya no te acuerdas de aquellas maravillosas reflexiones.
    Un abrazo.

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  2. Tienes razón, pero esta vez, la conversación con (An'ya) es como un diálogo imaginado inspirado en reflexiones nocturnas sí, pero previas al sueño.
    Piensa en An'ya como "el amigo imaginario" que suelen tener los niños. Solo que esta vez no es un niño el que tiene amigo imaginado, sino todo un adulto formado y en la tercera edad.

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  3. Puestos a preguntar y responder, de casi todo...¿Quién hace las preguntas tiene una edad precisa también en sueños - o previo al sueño? Y las respuestas, sean de An'ya o de quien vivió hace años, o siglos, se catalogan en acertadas, simples o los silencios, van parejos o surgen de una edad?
    ¿Qué diferencia en sueños, a un "tercera edad" de un niño?

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    1. ¿Qué diferencia en sueños, a un "tercera edad" de un niño?
      La experiencia, las vivencias, los conocimientos adquiridos, lo aprendido, lo desaprendido.

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    2. Y aunque en ocasiones se añaden episodios oníricos, los diálogos con An'ya, el Otro, u Oka-no, son simples (o no tan simples) diálogos conmigo mismo, con el pensamiento profundo.

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