Dignidades peligrosas


Su trayecto vital ya rondaba el medio siglo. Era un tipo trabajador donde los hubiera, cargado de iniciativa pero sin formación académica. No había pisado una universidad en su vida excepto aquel día en que recibió el encargo de cambiar las luces de la biblioteca por leds de última generación. Su franqueza era digna de ser enmarcada, aunque precisamente a causa de ella, tenía un vocabulario con tanta variedad de tacos que podría alimentar una chimenea durante todo un invierno. Pero claro; es un decir. El amigo lector ya imaginará que esos tacos, ni eran combustibles, ni comestibles como si que lo son los ricos tacos mejicanos.
Últimamente se había abandonado mucho y la báscula del baño, rechinaba como una puerta centenaria, cada vez que colocaba sus pies en aquella plataforma de cuarenta por cuarenta. Se inclinaba un poquito hacia delante, Bajaba un tanto la cabeza; lo suficiente como para que su barriga no le impidiera ver los números y leía: 119 Kg.
—Bueno, menos mal; me preocupa llegar a ciento veinte— decía para sí el muy cretino...

Pero, a pesar de todo, el tipo gastaba un porte, unos andares y una pose, que mientras no abriera la boca, realmente parecía "de la nobleza"... Eso sí, a la que emitía algún sonido en la aparente forma de palabra, se resquebrajaban los cielos.
Mi amigo Adolfo, secretario de la universidad,  siempre me cuenta la anécdota de cuando recibió el cheque por el trabajo de los leds. Su especial forma de "dignidad" no le permitía rebajarse a dar las gracias, así que alargo la mano, miró que el talón no estaba barrado y exclamó —Puta madre !!
Se dio la vuelta y salió de la oficina a paso ligero.

Pero aquel día en la cola del cine, su especial dignidad casi le cuesta la vida. Esperando su turno, vio como tres personas antes que él, sufrían "el cuele" de un chaval con bastante descaro dicho sea de paso. Aquella situación fue calentando a nuestro amigo y también a alguno más.  Montó en cólera y empezó a gritar mientras empezaba a correr tras el mocoso que al ver la reacción de nuestro protagonista, salió disparado esquivando aquel container con patas que trataba de pillarle:
—Eh!! pedazo de mierda seca! Qué cojones te has creído!! Ven aquí cabrón!! Que te arranco los sesos...

Fueron más o menos doce zancadas y cayó como un saco. Aquella barriga me recordaba a un carro que vi en los dibujos animados,  cargado de paja dando tumbos de un lado a otro. Tumbado en el suelo enmudeció. Solo algún quejido. Su mano derecha pasaba de tratar de desabrochar su camisa a tocarse el hombro izquierdo mientras se revolvía en el suelo. 

—Llamad a una ambulancia— gritaba una joven, mientras otros comentaban que se trataba de un infarto. La joven que al parecer era enfermera, se acercó decidida y el sujeto principal, el joven, tuvo la decencia de tratar de ayudar. Era un sinvergüenza y un pillastre, pero al parecer tenía un corazón noble.

—Señor, señor... ¿Qué le ocurre?—preguntaba mientras se agachaba a su lado, angustiado y temeroso por lo que había ocurrido. 

Lo siguiente fue como un relámpago cercano seguido de un trueno. Bueno; no fue un trueno, fue aquella misma mano derecha que tomando la forma de un puño, desistió de tocar el hombro dolido y la agobiante camisa para volar supersónicamente hasta las narices del chaval.  
Los asistentes no están muy seguros pero les pareció escuchar un susurro que decía:

—Hijo de la gran puta— o algo parecido.
Se desmayó. Llegó la ambulancia. Todos fueron atendidos, incluida una señora que se puso histérica.

Seis meses después se le vio depositando la cantidad acordada como compensación por rotura de tabique nasal. Al parecer, cuando el funcionario le extendió el recibo, exclamó:
—Así le exploten las nueces al cabrón de mierda!!



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2 Comentarios

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  1. Hubiese sido mejor que solo hubiese abierto la boca, pero la dignidad de su pose quedó en entredicho , cuando saco a pasear el puño.
    Gracias por la sonrisa.

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    1. Y además desde el suelo, en medio de un amago de infarto
      🤣

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