Huríes

 

Fueron unas escasas centésimas de segundo. Sus sentidos apenas pudieron captar aquella luz cegadora, ni el instantáneo incremento de una temperatura de miles de grados, ni la brutal onda de sonido. Por supuesto tampoco pudo registrar la más mínima sensación de dolor.
Sin embargo sufrió. Mucho. Durante bastante tiempo; pero eso fue antes del instante fulminante.
Se suele escuchar ese aforismo que afirma que el dolor es inevitable pero el sufrimiento es optativo.
Esta vez fue precisamente todo lo contrario. El dolor fue imperceptible a pesar del estropicio orgánico, pero el sufrimiento era y fue inevitable, intenso y agobiante.

La noche anterior fue interminable y en su mente se mezclaba el miedo y las promesas recibidas desde siempre. En medio de los sudores de ansiedad, en aquella noche calurosa, recordaba las reuniones en la mezquita. Recordaba al imám afirmando que en el Corán se decía que «Ciertamente para los justos habrá un cumplimiento de los deseos (del corazón); jardines encerrados y vides y mujeres voluptuosas de la misma edad»
Le explicaban que serían 72 y en estado virginal y enfatizaba sus enormes ojos amorosos de tierna mirada. Tal era la recompensa, entre otras, para los combatientes de la yihad.

Era joven y como se suele decir, no había conocido el placer de la carne, mas allá de ciertos escarceos con una prima mayor que él, pero poca cosa en definitiva. Todo estaba por hacer y las promesas del imám eran su máxima fantasía.
En su ignorancia llegó a preguntarle al yihadista que le colocaba el cinturón, como podría amar a las huríes (doncellas vírgenes del paraíso) si todo su cuerpo quedaría destrozado con la explosión.
La respuesta tuvo la categoría de estupidez propia y adecuada a la estupidez de la pregunta:
Los ojos de este mundo infiel, creerán ver tu cuerpo destrozado, pero un segundo después tu comprobarás como sigue intacto, por la gracia de Alláh, bendito sea su nombre.

Algo permaneció en la consciencia de Jamshid tras la desintegración, porque un instante después de la explosión, algo parecido al recuerdo de una luz cegadora permanecía en no se sabe donde. Lógicamente no podía ver, no podía sentir y sin embargo un remanente de consciencia estaba presente.
Pero esa luz cegadora se fue apagando al mismo tiempo que en la oscuridad que iba apareciendo, podía ver destellos de unas luces azuladas que parecían volar hacia un punto muy luminoso y lejano de un color índigo igualmente muy brillante. Y esa consciencia remanente le permitió identificar esas luces; no eran otra cosa que los espíritus de las personas que volaron por los aires a causa de su acto cometido en la supuesta defensa de un Islam, atacado por no se sabe quién o la defensa de un profeta que llevaba siglos en la presencia del Más Alto.
Posiblemente esas luces, sin embargo, no eran otra cosa que una sub-manifestación de algún sentido de culpa.

Cuando las últimas luces azules se perdieron en aquel lejano punto brillante, algo que no queda más remedio que identificar con Jamshid, empezó a preguntarse porqué no podía ver, ya no al arcángel San Gabriel, no; a nadie. Por lo menos algún ángel que le diera la bienvenida; nada. Ni siquiera el ángel de la muerte que mencionaban las Escrituras; nada.
Solo percibía oscuridad, silencio, negrura. Y esa envoltura, parecía hacerse cada vez más densa, viscosa, pesada. Le envolvía algo parecido al barro. Aún tuvo tiempo de pensar si se trataría de una especie de iniciación que daría paso inmediato a la aparición de los jardines y vides y sus ansiadas 72 doncellas. Fue su última remanencia. La consciencia o lo que quedaba, se fue apagando en la nada. En el vacío mas absoluto. No había recuerdos, no había túnel de luz para él, ni parientes antecesores que le dieran bienvenida alguna a lugar ninguno; nada. Solo esa espesa oscuridad cuya sensación muy parecida a un frío húmedo en lo físico y a una frustración en lo emocional, también estaba desapareciendo. Finalmente solo quedo la ausencia de algo, la nada, el vacío.

En los alrededores del aeropuerto de Kabul, finalmente procedieron a limpiar los restos. Alguien encontró la parte de una mano que llevaba cogida con cinta americana, un interruptor y unos centímetros de cables eléctricos quemados.
Un soldado americano exclamo: May he fuck and rot in hell. !! (que se joda y pudra en el infierno)

Otro pensó: Ni siquiera eso.

Foto por formulario PxHere

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